El estrés por calor puede costar a una lechería de 1.000 vacas decenas de miles de euros en un solo verano y la mayoría de esas pérdidas comienzan antes de que aparezcan signos visibles.
Así, lo que parece un breve periodo de calor puede traducirse en semanas de menor producción y mayor presión sobre la operación.
EL DAÑO REAL COMIENZA ANTES
A medida que aumentan la temperatura y la humedad, las vacas reducen el consumo a pesar de que necesitan más energía para mantener su función normal (West, 2003).
Esto crea un desequilibrio entre lo que la vaca consume y lo que realmente necesita. Para adaptarse, el animal debe hacer un mayor esfuerzo metabólico, lo que puede afectar la salud, la reproducción y la fortaleza de las pezuñas.
EL IMPACTO NO TERMINA CUANDO ACABA EL VERANO
Los efectos del estrés por calor suelen aparecer meses después.
Durante el verano, cuando las vacas pasan más tiempo de pie, aumenta la presión sobre las pezuñas y, al mismo tiempo, la menor ingesta limita los nutrientes necesarios para mantener y regenerar el tejido de la pezuña.
Como resultado, en muchas granjas se observan más cojeras, con mayor tiempo de tratamiento y pérdidas adicionales de producción en otoño.
LAS PÉRDIDAS ECONÓMICAS SE ACUMULAN RÁPIDAMENTE
Incluso pequeños cambios en la producción pueden generar pérdidas importantes, por ejemplo:
POR QUÉ LA NUTRICIÓN ES UN PUNTO CLAVE
Cuando el consumo disminuye, cada kilo de pienso debe rendir más. No se trata solo de lo que contiene la ración, sino de lo que la vaca puede absorber y utilizar.
UNA FORMA MÁS CONSTANTE DE APOYAR EL RENDIMIENTO
Proporcionar oligoelementos en formas que se mantengan estables durante la digestión ayuda a asegurar que las vacas reciban lo que necesitan cada día, incluso cuando el consumo es menor.
La forma en que las vacas utilizan los nutrientes puede contribuir a mantener la producción de leche, la salud de las pezuñas y el rendimiento reproductivo durante el estrés por calor.
PROTEJA EL RENDIMIENTO ANTES DE QUE AUMENTEN LAS PÉRDIDAS
El estrés por calor no se puede evitar, pero sí reducir su impacto. Las estrategias más eficaces tienen en cuenta tanto lo que se observa en la granja como lo que ocurre dentro de la vaca.
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