Cachemir y Mongolia, lana de ganado caprino del Himalaya

El cachemir es una exquisita y suavísima lana que sedujo a la alta sociedad francesa cuando este tejido llegó a París en siglo XVII, procedente del comercio de rutas asiáticas.

En el siglo XVIII fue Josefina Bonaparte la que se convirtió en la gran embajadora de la lana de cachemir, gracias a una espectacular pashmina realizada en Cachemira (Pakistán) que le regaló Napoleón. Con el tiempo, la emperatriz llegaría a atesorar 400 piezas de valor incalculable.

Es una lana suave al taco, sedosa, ligera y un buen aislante térmico. Debido a estas características y a su escasez, su precio es elevado comparado con otras fibras.

El origen del cachemir se encuentra en las aisladas poblaciones de las montañas del Tibet y de la región de Xingjiang, en China. La lana de cachemir se obtiene de una especie de cabra, la Capra aegagrus hircus, concretamente de la cabra Changthangi.

Esta especia caprina es capaz de soportar muy bajas temperaturas (hasta -30ºC ).Para sobrevirir, esta cabra desarrolla dos capas naturales de pelo: una exterior, de pelo grueso, recto y con un espesor de entre 15-19 micras de diámetro, y otra interior con pelusa delicada y corta, resultado de una proteína extra que su organismo genera en función de las condiciones ambientales a las que se exponga el animal.

Cuanto más frío y más cerca de las cumbres, mayor es la finura de este material, aún más valorado si procede de la zona del cuello de la cabra.

El cachemir toma su nombre de la región indopakistaní de Cachemira, aunque los rebaños de esta especie caprina pastan tradicionalmente las altas montañas de Mongolia, Afganistán, Irán, Turquía y otras repúblicas de Asia Central.

En Europa, hay rebaños en Escocia bien adaptados y con gran calidad productiva.

Respecto a la producción, China es el mayor productor de esta lana, estimándose su producción en 10.000 toneladas. El segundo productor es Mongolia, con unas 7.400 toneladas (2014). Le seguirían en la lista Afganistán, Irán, Turquía y Kirguistán.

Al año se producen entre 15.000-20.000 toneladas a nivel mundial. De esta cifra, unas 6.500 toneladas son de cachemir puro (libre de grasa, suciedad y pelos gruesos). El cachemir ultrafino (pashmina) todavía se produce en las comunidades de la Cachemira India, pero su alto precio y su rareza, unido a la situación política de la zona hace que sea difícil de producir y de regular.

Por otro lado, la lana más apreciada, más suave y más cálida es la nepalí, que incluye un certificado que garantiza su calidad: «Pashmina Changra».

No tiene la misma suavidad, peso, capacidad aislante ni resistencia la lana producida en Nueva Zelanda que la producida en Nepal o Mongolia. Hacen falta 4 años para obtener, de una sola cabra, el cachemir blanco que permite hacer un jersey.

Esto tiene que ver con varios factores, a parte del origen geográfico, como la recolección artesanal: en primavera, cuando las cabras mudan de pelo, los pastores las cardan para extraer la lana. En Irán o en Australia se esquilan. Debido a este tratamiento el resultado es un producto de menor valor.

MONGOLIA

Mongolia es uno de los países menos industrializados del mundo: apenas fabrica nada, a excepción del sector minero (cobre y oro), que aporta aproximadamente el 10% del PIB y casi la mitad de las exportaciones.

Según los datos mundiales de comercio que maneja la ONU, en 2016 se exportó el equivalente a 1.400 millones de dólares de cachemir. Un 16,6% más que cinco años antes. Ese mismo año Mongolia batía su propio récord: el beneficio por sus exportaciones había crecido un 196% desde 2009.

El cachemir representa la tercera mayor exportación de Mongolia, y uno de los elementos clave para la preservación de la vida nómada, practicada por una cuarta parte de la población.

“Ahora mismo, es mucho más rentable criar cabras para obtener el cachemir que hacerlo para ordeñarlas o para venderlas como carne”, explica Hairathan Sernehan, un pastor de la provincia occidental de Bayan-Ulgii que cuenta con un rebaño de 500 cabras y ovejas. “Puedo vender un kilo de cachemir por unos 120.000 tugrik (40 euros), mientras que por una cabra entera a duras penas me pagarán el doble de esa cantidad”, añade.

Se estima que en Mongolia hay 66 millones de cabezas de ganado, convirtiendo al país en el primer productor de fibra animal del mundo (un 42%). De este total, unos 27 millones son ganado caprino, con una capacidad para producir un máximo de 9.400 toneladas de cachemir al año (40% del total mundial).

«Al principio no les prestábamos tanta atención al cachemir porque los precios que se pagaban eran más bajos y obtenerlo es laborioso”, explica Gandantuyar, una mujer nómada de la provincia de Uvs. “Esquilábamos ovejas y cabras con tijeras y luego tratábamos de separar la mejor lana a mano. Pero eso reduce mucho la calidad, así que ahora peinamos con cuidado a las cabras para ajustarnos a los estándares que demanda la industria, y la verdad es que el trabajo compensa”, afirma.

Según el informe anual del grupo italiano Schneider, la industria del cachemir emplea a unas 100.000 personas, de las cuales el 90% son mujeres y el 80% tiene menos de 35 años.

En 2018, el Gobierno mongol puso en marcha un plan quinquenal para subir peldaños en la escala de valor y dejar de vender el cachemir en bruto. El objetivo es que la mayor parte sea procesada en Mongolia, y no en China, y que su confección sirva para arrancar el proceso de internacionalización de las emergentes marcas de moda locales.

Financiado con un fondo de 500.000 millones de tugrik (170 millones de euros), el país busca propiciar una revolución tecnológica y de diseño, dos elementos vitales para incrementar la calidad del producto procesado y el atractivo para el consumidor global.

El cachemir en bruto llega en camiones y comienza el proceso de refinado. Un grupo de mujeres separa montañas de lana según los cuatro colores en los que se da de forma natural: beis, marrón, blanco y gris.

El primero es el más abundante —51%— y el último es muy escaso —apenas el 1% del total—, de ahí que el gris sea también el más codiciado.

A partir de ahí, la fibra es limpiada, destramada, teñida, mezclada, hilada y tejida antes de que pueda ser cosida en una amplia estancia con más de 200 trabajadoras.

Mongolia también está tratando de diversificar sus mercados para reducir la dependencia de China y de Rusia, los colosos que la rodean y que dejan a este país en una delicada posición geoestratégica. “Hasta el inicio del siglo XXI, el 90% de la producción se exportaba, sobre todo a las antiguas repúblicas de la Unión Soviética. Ahora, Mongolia se está desarrollando y, con el crecimiento económico, ha nacido una clase media cada vez más pudiente. Así que nos estamos centrando más en el mercado local y, fuera de nuestras fronteras, en Europa”, explica.

PASTOREO DESTRUCTIVO

Las cabras necesitan comer un 10% de su peso cada día y, a diferencia del resto de animales domésticos de Mongolia, arrancan la raíz de la hierba y dificultan que vuelva a crecer. Por eso, un grupo de científicos de la Universidad Estatal de Oregón (EE UU) que ha estudiado la evolución de la estepa mongola utilizando imágenes por satélite de la NASA, concluye en un informe (2013) que las cabras tienen una importante parte de culpa en su degradación.

“La estepa de Mongolia es uno de los ecosistemas de pastizales más grandes del mundo, pero se está reportando una disminución generalizada de su vegetación. En torno al 70% del ecosistema se considera degradado”.

No en vano, el número de cabras en Mongolia se ha multiplicado por seis desde 1980. Y eso se debe, sin duda, a lo rentable que resulta el cachemir. Estas son más lucrativas que las ovejas, pero también mucho más destructivas: se comen las flores y las raíces favoreciendo la erosión del suelo.

El pastoreo unido al cambio climático (la temperatura media ha aumentado más del doble de la media mundial desde 1940 en Mongolia) está desencadenando un drama medioambiental en el país.

Como la regulación es muy laxa, los propios pastores encuentran soluciones para aumentar la rentabilidad ofreciendo precios cada vez más competitivos: desplazan sus manadas a zonas más templadas que favorecen una esquila más frecuente. La cabra del cachemir, que puede resistir hasta -30ºC, se adapta a estos nuevos climas, produciendo pelo menos denso cada año: las fibras de cachemir pierden calidad.

 

Fuente: elpais.com, xlsemanal.com, wikipedia.org, smoda.elpais.com




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